Por: Nora Méndez
Hace un par de semanas tuve la oportunidad de asistir a la celebración del 20 aniversario del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, CEEY. Tengo muy presente la primera vez que leí uno de sus informes de Movilidad Social, el primero, y cómo resonó en mí el concepto.
Por muchos años había estado ya en temas sociales —especialmente educativos—, primero desde el sector gubernamental y después desde organizaciones de la sociedad civil, pero por primera vez entendía con mucha mayor claridad cómo se entrelaza la pobreza con la iniquidad en el acceso a servicios y oportunidades. Pero también, con la desesperanza y frustración ante un elevador descompuesto como lo describió en algún momento Ricardo Raphael.
Aunque con algunos destellos de cambio positivo en el Informe de Movilidad Social 2025 del CEEY[1] , vinculados con la reducción de la pobreza en los últimos años, la evidencia de inmovilidad social en México sigue siendo abrumadora: 78 de cada 100 personas que nacen en los dos quintiles más bajos de la estructura socioeconómica permanecerán ahí al ser mayores y sólo 2 llegarán al quintil más alto, lo que se agrava si eres mujer, si vives en el sur del país o si tu tono de piel es más oscuro. Condiciones, todas, sobre las que las personas no tienen decisión.
¿Qué hacer, entonces, ante un sistema que perpetúa las desigualdades y no ha atinado a realizar los cambios estructurales necesarios para remediarlo? La primera reacción ante estos datos es de impotencia, sentir que no hay nada que podamos hacer como individuos u organizaciones.
Que hace falta voluntad política de nuestras autoridades, pero también solidaridad, empatía y decisión de todos para incidir en aquellos aspectos en los que sí podemos abonar. Hackear el sistema.
Sí, nuestros gobiernos deben trabajar en la calidad del sistema educativo; en la reducción de la informalidad laboral; en la seguridad y Estado de derecho; en la reducción de brechas de género y de desigualdades regionales, por citar sólo algunos aspectos.
Pero también es cierto que, desde el ámbito privado y social, podemos contribuir mejores condiciones laborales y de previsión social y, especialmente, facilitando la apertura de oportunidades para un número cada vez mayor de personas.
Si hay una serie de condiciones que están más allá de la decisión de las personas, ¿qué sí puede hacer el individuo? Los expertos coinciden en diferentes aspectos: primero, aún con sus deficiencias, la educación sigue siendo la principal vía para acceder a mejores estadios de bienestar, no sólo la formal, sino también la adquisición o reforzamiento de competencias con actualizaciones y certificaciones que hoy son más accesibles para todos, a partir de la oferta de programas en línea.
Segundo, el desarrollo de habilidades socioemocionales, construcción de capital social y reputación. La pertenencia a grupos afines y participación en programas disponibles, en los que se interactúa de forma profesional e intencionada, contribuyen a la creación de redes de apoyo y apertura de oportunidades.
Tercero, la construcción de hábitos positivos como el cuidado de la salud, el manejo de finanzas sanas y el uso estratégico del tiempo, que brindan a las personas un soporte más sólido desde el cual poder gestionar y aprovechar mejor las coyunturas que se les presenten.
Para quienes deseamos contribuir a impulsar la movilidad social en nuestro país, éstas constituyen también pistas para estructurar iniciativas e intervenciones efectivas que faciliten este hackeo del sistema. Podría citar algunos ejemplos que ya están caminando en este sentido, pero eso lo abordaremos en una próxima ocasión.
[1] Monroy-Gómez-Franco, Luis Ángel y Vélez Grajales, Roberto (2025): Informe de movilidad social en México 2025: la persistencia de la desigualdad de oportunidades. Centro de Estudios Espinosa Yglesias.